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09/10/2018

Banksy, Green Day y la mierda de artista



No sé si estáis al tanto de la última movida de Banksy. El caso es que recientemente se subastó una reproducción de una de sus obras más conocidas: "Niña con globo". En el momento en que fue adjudicada por más de un millón de libras, la obra procedió a autodestruirse, haciéndose trizas mediante algún mecanismo oculto en el marco.


Dejemos al lado mi simpatía y total aceptación por todo lo que hace Banksy. No soy objetivo y no tengo mucho que aportar al debate. El que sí que ha aportado bastante con su hilo en Twitter es @Isanda, dando un repaso a este suceso y dónde sitúa en la historia y el mundo del arte al artista (o colectivo de artistas, quién sabe) conocido como Banksy. Acompáñenle por un viaje por el punk, el arte conceptual, el street art y el posmodernismo.


 

16/02/2016

Destrucción recursiva en el arte contemporáneo: jarrones chinos, grafitis y camisetas a $689

El nombre de Ai Wei Wei quizá os resulte familiar. El gobierno chino tiene a este artista en el punto de mira constantemente. Para ellos es un disidente, un rebelde, un enemigo público. Quizá también os suene alguna noticia tipo: artista llena una sala con 100 millones de pipas de girasol. Esas noticias que tanto gustan, que tan virales son, que despiertan a tantos cuñados dentro de nosotros clamando: "¡Bah, el arte moderno! ¡Eso también lo hago yo!". Bien, listo. Eran 100 millones de pipas. De porcelana. Pintadas a mano. Hazlo tú. Exacto, el arte moderno es un contínuo "podrías hacerlo tú, sí, pero no lo hiciste". Y sí, exacto, unos artesanos las pintaron para él (dos años necesitaron, ojo) pero un director de cine tampoco escribe, interpreta, produce, monta, hace los efectos especiales, edita el sonido y sirve los cafés en sus rodajes.

Una de las obras más comentadas de este señor es un trípitico de fotografías que documenta el acto único de dejar caer al suelo y hacer añicos una antigua vasija de la dinastía Han (del 206 AC al 9 DC). Un acto único porque esa misma vasija, aunque se recompusiese, jamás podrá volver a romperse de la misma forma, por los mismos sitios. Ai Wei Wei no volverá a estar en ese lugar en esos exactos segundos para hacer aquello. Tú no estabas allí y no pudiste verlo, pero tienes estas enormes fotos para contemplar una captura del momento. Una captura de una sucesión de momentos: soltar urna, caer urna, urna rota en el suelo.



"Dropping a Han Dynasty Urn", 1995

Aquí aparece, pues, si nos sentimos peleones, el primer dilema: ¿es la verdadera obra ese acto absolutamente irrepetible en el espacio-tiempo o lo son las fotografías expuestas en el museo, esas impresiones de 148 x 121 cm? Desde que Duchamp colocara un urinario firmado en un museo, la obra de arte es el acto del artista, cualquier artefacto o acto colocado, realizado, performatizado (¿existe esa palabra?) en un contexto artístico (o sea, en una galería o un museo), es una obra de arte.

"La Fuente", Marcel Duchamp, 1917
Pero Wei Wei estaba haciendo algo más que ejecutar un acto efímero. Estaba provocando. Hizo decir a montones de chinos, a montones de personas por todo el mundo: "¡Mira el hijo puta del chino! ¡Rompiendo una vasija de miles de años de antigüedad! ¡Maldito arrogante! ¡Destruyendo una preciosa obra de artesanía de valor incalculable, una joya histórica, sólo por el sake del arte moderno!". Ai Wei Wei estaba provocando. Estaba diciendo: "Mira, sí, estoy destruyendo un tesoro. Esto es el arte también, destruir. ¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Eh?". Pero estaba también destruyendo un tesoro nacional, un símbolo histórico, un icono de la identidad china. Estaba diciendo: "Yo destruyo China. Yo me cago en China. ¿Qué pasa? Ya era hora, ¿no?". ¿Habéis visto cómo es de grande China? Es ENORME. Pues este hombre se cagó en toda ella.

Wei Wei no sólo rompió una urna antigua. Años atrás adquirió unas cuantas y una de ellas la pintó con el diseño de Coca-Cola. Superpuso el máximo símbolo del consumismo y el capitalismo occidental a un símbolo de la historia de un imperio milenario, con sus espadas y sus dragones, y más tarde sus estrellas comunistas y sus camisas de cuello Mao. Realizó una paradoja. Algo que hoy en día el público consume de forma más masiva y mascadita a través de las camisetas no oficiales de plantillas de Banksy. Que soy fan de Banksy, ojo. Pero eso. Que había gente antes que él, haciendo lo que él hacía. Como Blek Le Rat o el brasileño Cildo Meireles.
 "Inserciones en circuitos ideológicos", Cildo Meireles, 1970. Botellas de Coca-Cola con instrucciones impresas para elaborar con ellas cócteles molotov.

En 2012 llegó "Fragmentos de historia", un nuevo tríptico fotográfico, esta vez realizado por el artista Manuel Salvisberg, retratando a Uli Sigg, un coleccionista que había adquirido una de las infames "urnas Coca-cola", también dejándola caer y destruyéndola. Haciendo arte moderno mediante la destrucción de una obra de arte moderno que alguien había realizado a partir de un tesoro histórico, la misma persona que anteriormente había osado destuir uno de esos mismos tesoros para hacer arte. ¿Quién es ahora más chulo, eh, Wei Wei? ¿Quién es más moderno? ¿Y qué se siente cuando es tu obra la que se destruye? Realmente me gustaría saberlo. De todos modos, surgen más preguntas: ¿es original imitar el acto provocativo de otro artista? ¿Tiene valor? ¿A quién estás provocando, al espectador, al artista objetivo o al mercado del arte?

Así, nos perdemos en el barroco espejo del arte contemporáneo reflejado infinitamente en el espejo del arte contemporáneo y cínico.




No sólo eso. Puestos a romper jarrones chinos, en 2014 el artista Maximo Caminero entró en la exposición retrospectiva de Wei Wei "According to what?" en Miami, miró el tríptico de la destrucción de la vasija, miró las vasijas expuestas, antigüedades que el artista chino había pintado de colores de forma vulgar para convertirlas en arte moderno vulgar, su mente hizo conexiones obvias, y decidió coger una de ellas para dejarla caer y hacerla añicos en el suelo. Al guarda apenas le dio tiempo a decir: "Por favor, no lo toq...".

"Drop the vase". ¿Es el autor de este vídeo también un artista? Yo digo que sí.

En el mundo del arte urbano la cosa se vuelve aun más rocambolesca. El arte urbano pertenece a la calle, a los peatones, no a las galerías ni a las colecciones de los adinerados. Es efímero. Es destructivo y es ilegal. No nació para ser incorporado al mundo del diseño gráfico como la última tendencia hip, para ser vendido en forma de camisetas o aparecer en el último anuncio de Hyundai.

El artista urbano Kidult expone claramente su filosofía en el vídeo "No gallery, no master". Una filosofía que viene a ser, incluso aunque no sea consciente de ello, la del graffitero medio: "La noción de pertenencia a cualquier galería, mecenazgo, patrocinio, marca o institución no es y nunca será aceptable. Soy libre para destruir, para pintar y decir lo que quiera. La pobreza en libertad es mejor que la opulencia con cadenas. El grafiti no es un lujo, es una creación original de las clases bajas. Mi grafiti tiene una perspectiva ideológica, social y política. Pintaré como un niño y contaré verdades como un niño, sin concesiones".


Kidult podría estar hablando de la última etapa de la transformación espiritual nietzschiana del hombre hasta el nivel de superhombre: la etapa del niño. Tras haber sido camello que dobla sus articulaciones y se inclina obediente para ser cargado y atravesar el desierto, tras haberse convertido luego en león que se rebela contra todos los intentos de doma, normas y valores pero que se agota en la lucha, llega por fin al estado de niño: libre de normas y prejuicios, instintivo, creador, curioso y vivo.

Mientras nosotros dormimos, los artistas callejeros salen a sentirse vivos mientras esquivan las luces azules de los coches patrulla y las cámaras de seguridad, a veces incluso para lanzar mensajes que hacen reflexionar sobre el status quo.

Kidult parece sentir especial predilección por la técnica del extintor: llenar uno de estos aparatos de pintura para conseguir un super-aerosol con el que pintar trazos gigantescos en grandes superficies. En su enemistad con las galerías y marcas de alto standing (que a menudo predan del rollito arte urbano y lo monetizan) llegó a firmar a chorro las fachadas de locales de Supreme, Christian Louboutin, Céline y Marc Jacobs.

Con este último la cosa le salió un poco rana. Jacobs, lejos de hacerse la víctima, de comportarse como un viejo gruñón y lanzar un manifiesto contra la destrucción de la propiedad privada y la rebeldía sin causa, respondió rápido, como un comerciante, con la ironía propia de un street artist y vio la oportunidad, de paso de dar que hablar y hacer pasta. "Los street artist son las nuevas figuras rebeldes. Y como su trabajo es ilegal no hay que pagarles un duro en derechos", debió pensar. Fotografió la obra -la fachada pintada con la palabra ART- y la estampó en una camiseta que puso a la venta por 689$. Alguna llegó a venderse.

No tienes que pagar derechos a un street artist, pero provocas cosas como que luego vaya firmando todas tus tiendas con números como 686 y preguntando: "¿Por cuánto vas a vender esta?". Efectivamente, se hicieron más camisetas y se vendieron por 686$. And so on and so on, y la historia de esta guerra sigue, pero dejémoslo aquí.

Los hermanos Chapman, especialistas en el disgusto y la ofensa, también dieron que hablar sobre la dureza de su rostro y su familia en general cuando pusieron sus manos sobre unos grabados de los Desastres de la Guerra de Goya. Habían adquirido 80 láminas, impresiones originales en perfecto estado, salidos de las planchas originales del artista. Tesoros de la historia del arte. Los tuvieron dando vueltas por su estudio sin saber qué hacer hasta que recordaron aquel diálogo de Jack Torrance con Delbert Grady en El Resplandor. Éste último le sugiere que quizá debería hacer algo para corregir la situación con su familia. Así que los Chapman se pusieron a ello y corrigieron los grabados, uno a uno, los 80, sustituyendo las caras de las víctimas de la guerra y las atrocidades humanas por grotescos personajes cabezones de ojos gigantes y colores chillones.


Algunas láminas de la serie "Insult to injury", 2003

No fue lo mismo que  ir a un museo y apuñalar el único ejemplar original de Impresión, sol naciente de Monet, pero sigue siendo una destrucción, una violación de lo sagrado y precioso, una mancha sobre lo inmaculado y acomodado. Un chorro de lefa sobre el vestido de la señorita de alta alcurnia en el baile de presentación en sociedad. La destrucción literal de la vasija Han, irremplazable, mientras se mira al objetivo de la cámara diciendo "¿Y ahora qué? ¿Es esto arte? ¿According to what?". Una violación de las inapreciables láminas de Goya, un señor muy antiguo, por parte de unos arrogantes artistas "modernos". El chorro del extintor de Kidult salpicando sin técnica ni cuidado la impecable, pacífica y perfectamente diseñada fachada de la lujosa tienda de Louboutin.

"¿Destrucción por la pura destrucción? ¿Por qué? ¡Es tan vulgar!", dicen las clientas, mientras pagan miles de dólares a un cirujano para amputarse los meñiques de los pies y poder calzarse un codiciado zapato de tacón.

03/09/2015

Banksy, Palahniuk, Duchamp y el postmodernismo

En el artículo A Church of Stories el escritor Chuck Palahniuk cuenta que en 1998, en Los Ángeles, durante el rodaje de El Club de la Lucha, basada en su novela, se encontraba deambulando por el museo Getty y charlando con sus amigos.

¿Y si un artista frustrado intentara colar sus pinturas en los museos del mundo? Este artista pintaría cada cuadro, lo barnizaría y lo enmarcaría, pondría cinta adhesiva de doble cara por detrás y envolvería el cuadro en su gabardina. Entonces llegaría, como nosotros, abriría su gabardina y pegaría su cuadro en una pared, justo entre esos picassos y renoirs.

Este pequeño cuento se convirtió en una historia corta llamada "Ambición" y en un guión. Esta historia, sobre un artista desesperado por hacerse un lugar en la historia, la incluí en una novela llamada Fantasmas ["Haunted" en el original].

El 13 de Marzo, el Museo Metropolitano de Arte encontró un maravilloso cuadro de marco dorado, un retrato de una mujer con una máscara de gas, pegado a una pared de su galería. El 16 de Marzo, el Museo de Brooklyn encontró el retrato de un oficial militar del siglo XVIII sujetando una lata de spray. El Museo de Arte Moderno encontró una pintura el 17 de Marzo, reflejando una lata de sopa de tomate. El Louvre y el museo Tate han encontrado pinturas similares pegadas en sus muros.

Según el New York Times, esta es la obra de un artista del graffiti británico llamado Banksy, quien se viste con una gabardina y una barba falsa para colgar sus trabajos entre las obras maestras.

¿Una coincidencia? ¿O somos la misma persona, más de lo que nos gustaría admitir? Mis pensamientos son tanto tus pensamientos que apenas se pueden considerar míos. Con la más oscura fantasía que tú mantienes enterrada, otro se hace rico cantando en la radio.









Fuente de las imágenes: este destartalado y obsoleto artículo de Wooster Collective

Hoy en día prácticamente todos conocemos a Banksy y sabemos que no sólo se dedica a ponerse barbas postizas y a colar sus cuadros en museos. Está el pique con Robbo, las pesquisas policiales, Exit Through the Gift Shop, el tour por Estados Unidos, su "residencia" en Nueva York, las camisetas no autorizadas, los jpgs de ínfima compresión compartidos por mamás en su muro de Facebook... Y recientemente su disparatado (por ambicioso y gigantesco) proyecto Dismaland, un Disneyland de pesadilla postmodernista.

No es de extrañar que Banksy leyese a Chuck Palahniuk y se sintiese inspirado por su idea. En mi subconsciente tengo un cajón en el que guardo juntos a Palahniuk y a Banksy, del mismo modo que tengo otro cajón donde guardo cosas simbólicamente equivalentes como las espadas de luz, el Smith & Wesson de Harry el Sucio y mi pene. El cajón donde guardo a Palahniuk, Banksy y otros elementos de la panda tiene una etiqueta que dice "Postmodernismo".

El postmodernismo es una visión que abarca ramificaciones del arte, la cultura y la filosofía, pero, para resumir, me voy a limitar a lo que me enseñaron en la escuela de arte:

-Ya pasó la Era Moderna. Vivimos más allá del modernismo, en el post-modernismo. La humanidad vivió la era moderna y no sirvió para nada. Tuvimos el Renacimiento, la Ilustración, la Revolución -Francesa con su exaltación de la razón, la ciencia y el conocimiento como faros guía, la búsqueda de la libertad y la confianza en las posibilidades el ser humano. ¿Y qué tenemos? Sistemas democráticos donde la opinión del pueblo apenas tiene repercusión. Fábricas en la India donde empleados subasalariados inhalan el cancerígeno polvo que se libera al rociar con chorros de arena a presión los pantalones vaqueros, porque entre los jóvenes del primer mundo está mejor visto que las cosas parezcan gastadas. En el primer mundo está de moda parecer pobre. Mientras, chinos se tiran por las ventanas de factorías donde no soportan jornadas de 18 horas ensamblando aparatos tecnológicos como este en el que escribo este artículo. Vivimos presos de un capitalismo despiadado, de una casta política (sí, "casta", gracias por poner de moda la etiqueta que todos necesitábamos, señor Iglesias) y vamos camino de una extinción sin retorno confirmada por expertos. El progreso y la razón han fracasado. El postmodernismo ya no confía en la inteligencia del hombre. 

-Las utopías políticas y la idea del progreso han fallado en sus promesas. El progreso debe ser individual. La revolución debe ser interior.

-Desencanto. La injusticia y el mal forman parte de la historia humana. Vivimos abocados a la catástrofe y la decadencia moral. El lenguaje resultante es el de la ironía.

-Se recicla, se satiriza y se samplea los iconos de la cultura de masas: Ronald McDonald, latas de sopa, la Mona Lisa, Marilyn Monroe, Mickey Mouse, el presidente Washington en los billetes de dólar... Nos bombardean constantemente con este material. Esta es ahora nuestra arcilla para hacer arte. Estos son nuestros mitos. Las celebridades son nuestros Ulises y Hércules, y las grandes corporaciones los mamuts que pintamos en las cuevas. La cultura popular es la inspiración de nuestras canciones. Si nos empujan estos símbolos garganta abajo, si nos sacan los cuartos estampándolos en cosas que deseamos, si son los símbolos del capitalismo, vamos a burlarnos de ellos. Vamos a transformarlos, vandalizaros y monstruificarlos. Vamos a hacerlos nuestros, caray. Nos lo deben.
Napalm, Banksy, 2004-5

-No hay verdad absoluta. Todo es relativo. Einstein y su teoría. «Nada es verdad, todo está permitido»: supuestas últimas palabras, antes de morir, de Hassan-i Sabbah, jefe de la secta chiita de Los Asesinos, Los Hashishin, que se ponían hasta las trancas de hashish para ponerse a tono antes de sus misiones de asesinato y espionaje.

Colgando sus propios cuadros en un museo, Banksy utiliza tácticas de guerrilla: aprovecharse de los medios oficiales disponibles y ponerlos a tu favor, a un coste mínimo y de forma indetectable. El enemigo es pequeño, actúa en su propio terreno, ataca y desaparece. Daño máximo con los mínimos recursos. Como todo lo generado en la marginalidad o la guerra, la publicidad ha sabido fagocitar estas técnicas y convertirlas en una herramienta más: el marketing de guerrilla. La clave, como en el arte urbano, es situar la obra en el lugar en que cobra sentido.


En su origen, allá por los años 50, los Sound System, un término hoy en día abusado, básicamente eran un puñado de jamaicanos con un tocadiscos, un DJ que hacía de maestro de ceremonias (más tarde convertido en Master of Ceremonies, MC, que acabó rapeando sobre las bases musicales) y unos bafles gigantescos que a menudo obtenían su corriente eléctrica de algún apaño ilegal en el alumbrado público. Esta era la forma de los pobres de aprovecharse de forma no autorizada de los recursos públicos para montar fiestas que acabaron siendo más populares y relevantes que las actuaciones de artistas en directo.

Colocando sus obras en museos, Banksy los convierte por definición y oficialmente en arte, emulando a Marcel Duchamp, que en 197 firma un urinario, lo tumba y lo planta en un museo. De repente es el espacio el que da calidad de arte al objeto. Y es el acto, el acto que a nadie antes se le ha ocurrido o se ha atrevido a realizar, lo verdaderamente significativo, la verdadera obra.

La fuente, Marcel Duchamp, 1917

Mucho se ha hecho a rebufo de esta ruptura de Duchamp, hasta destruir toda frontera entre lo que es una obra de arte y lo que es una estafa, o al menos un acto insignificante: poner una cosa en un sitio. Un objeto no artesanal en un lugar que cuenta con la aprobación de las autoridades. Tenemos ejemplos bien cercanos en la feria de arte ARCO de 2015.

Skin 4, Jaime de la Jara

Ahora, cuando un militar dieciochista parece haber pintado como protesta "No war" o Edward Norton declara que si pudiera elegir lucharía contra Gandhi, el pacifista por excelencia, digo yo que ahí hay menos debate, porque ahí hay paradoja, hay tensión, y eso es lo que es el arte: tensión entre fuerzas. Y eso es lo que es la humanidad: una puta paradoja. Capaz de lo peor y lo mejor. En la guerra y en internet.