El valle inquietante es ese momento en que un robot deja de parecer un robot y tiene más bien el aspecto de un humano con características anómalas. Si realizáramos una gráfica relacionando la empatía que siente un espectador humano hacia un robot, y el parecido de este con un ser humano, la empatía iría aumentando cuanto más similar fuera la apariencia y comportamiento del robot a la de los humanos. En el punto álgido de esta gráfica estaría el caso de un robot totalmente indistinguible de un humano, o incluso con rasgos que atribuímos a la perfección humana. Sin embargo, antes de llegar a ese punto la gráfica sufriría un bajón enorme. El humano estaría en presencia de un robot intentando pasar por persona sin conseguirlo del todo, sintiendo hacia él miedo, rechazo y desasosiego. En este estadio un robot se parecería más bien a un cadáver o un sujeto defectuoso, malformado o enfermo, cosas hacia las cuales la naturaleza nos ha preparado para sentir rechazo socialmente. La naturaleza, por duro que resulte, nos dice que los sujetos enfermos o malformados no son útiles a nuestra comunidad, no van a aportar comida ni defensa. Además, la enfermedad, la muerte y las deformidades no son cosas que nos convengan mucho.

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