26 de abril de 2016

Historia sobre una bañera, de Sylvia Plath


En 1963 Sylvia Plath fue encontrada de esta guisa. Se había suicidado por intoxicación de monóxido de carbono. No era su primer intento. Pero antes del breve incidente de la muerte le dio tiempo a convertirse en una de las más notables escritoras americanas, tanto en el campo de la prosa como en el de la poesía. Poesía como la siguiente.

Historia de una bañera
(Tale of a Tub)
(1956)

La cámara oscura del ojo registra las paredes pintadas,
escuetas, mientras una luz eléctrica flagela los nervios
crómicos de las cañerías en carne viva;
semejante pobreza agrede al ego; sorprendida
desnuda en su mero cuarto actual, la extraña
persona que aparece en el espejo del lavabo
adopta una sonrisa pública, repite nuestro nombre,
aunque reflejando escrupulosamente su pánico habitual.
¿Hasta qué punto somos culpables cuando el techo
no revela ninguna grieta descifrable? ¿Cuándo el lavamanos
que lo soporta no tiene otra manera santa
de invocar que la ablución física, y la toalla
niega secamente que las fieras caras de troll acechen
en sus explícitos pliegues? ¿o cuando la ventana,
cegada por el vapor, ya no deja entrar la oscuridad
que amortaja nuestras expectativas con sombras ambiguas?
Hace veinte años, la bañera familiar engendraba
un montón de augurios, pero ahora sus grifos
no originan ningún peligro; todos los cangrejos
y pulpos - forcejeando más allá del alcance de la vista,
aguardando alguna pausa accidental en el rito
para atacar de nuevo -se han ido definitivamente;
el auténtico mar los rechaza y arrancará
la fantástica carne hasta el mismísimo hueso.
Nos zambullimos; bajo el agua, nuestros miembros
fluctúan, ligeramente verdes, tiritando con un color
muy distinto al de nuestra piel. ¿Podrán nuestros sueños
borrar alguna vez las pertinaces líneas que dibuja
la forma que nos encierra? La realidad absoluta
logra introducirse incluso cuando el ojo rebelde
se cierra; la bañera existe a nuestras espaldas:
sus relucientes superficies están en blanco, son verdaderas.
Sin embargo, los ridículos costados desnudos
exigen siempre algo de ropa con la que cubrir
tal desnudez; la veracidad no debe campar a sus anchas: el día a día nos obliga a recrear todo nuestro mundo
disfrazando el constante horror con un abrigo
de ficciones multicolores; enmascaramos nuestro pasado
con el verdor del edén, con la pretensión de que el brillante fruto
del futuro renazca a partir del ombligo de esta pérdida actual.
En esta particular bañera, dos rodillas sobresalen
como dos icebergs, mientras los diminutos pelos
castaños se erizan
en los brazos y en las piernas formando un fleco de algas;
el jabón verde surca las revueltas aguas de los mares
que rompen en las playas legendarias henchidos, pues, de fe,
embarcaremos en nuestro navío imaginario y bogaremos
temerarios
entre las sagradas islas del loco, hasta que la muerte
haga añicos las fabulosas estrellas y nos vuelva reales a nosotros.


Versión original en inglés

The photographic chamber of the eye
records bare painted walls, while an electric light
lays the chromium nerves of plumbing raw;
such poverty assaults the ego; caught
naked in the merely actual room,
the stranger in the lavatory mirror
puts on a public grin, repeats our name
but scrupulously reflects the usual terror.

Just how guilty are we when the ceiling
reveals no cracks that can be decoded? when washbowl
maintains it has no more holy calling
than physical ablution, and the towel
dryly disclaims that fierce troll faces lurk
in its explicit folds? or when the window,
blind with steam, will not admit the dark
which shrouds our prospects in ambiguous shadow?

Twenty years ago, the familiar tub
bred an ample batch of omens; but now
water faucets spawn no danger; each crab
and octopus -- scrabbling just beyond the view,
waiting for some accidental break
in ritual, to strike -- is definitely gone;
the authentic sea denies them and will pluck
fantastic flesh down to the honest bone.

We take the plunge; under water our limbs
waver, faintly green, shuddering away
from the genuine color of skin; can our dreams
ever blur the intransigent lines which draw
the shape that shuts us in? absolute fact
intrudes even when the revolted eye
is closed; the tub exists behind our back;
its glittering surfaces are blank and true.

Yet always the ridiculous nude flanks urge
the fabrication of some cloth to cover
such starkness; accuracy must not stalk at large:
each day demands we create our whole world over,
disguising the constant horror in a coat
of many-colored fictions; we mask our past
in the green of Eden, pretend future's shining fruit
can sprout from the navel of this present waste.

In this particular tub, two knees jut up
like icebergs, while minute brown hairs rise
on arms and legs in a fringe of kelp; green soap
navigates the tidal slosh of seas
breaking on legendary beaches; in faith
we shall board our imagined ship and wildly sail
among sacred islands of the mad till death
shatters the fabulous stars and makes us real.

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